10 de marzo de 2012

1. EN DEFENSA DEL POWERPOINT (o lo que sea).



by SantiPina

          Hasta hace días mis padres no tenían Internet en casa. Tenían todo lo demás: televisión con cientos de canales, teléfono fijo, móvil... Y lo tenían todo contratado con el mismo operador y al mismo precio por el que podrían tener el adsl. Pero no lo activaban.

       La razón era simple: mis padres estaban convencidos de que Internet era, más o menos, una herramienta del diablo. Una puerta abierta para que entraran en su hogar la pornografía, el terrorismo, sectas y otros muchos males que, bien pensado, jamás habrían tenido el menor interés en cruzar esa puerta.

         Sin embargo, y gracias a la insistencia de mi hermana, el 5 de enero de 2012 llegó el primer mail que mi madre escribía en su vida: “hola chicos”. Fue emocionante. Imaginé que habría sido como el primer baño en la playa de alguien que sólo ha visto del mar documentales sobre tiburones. Evidentemente, mi madre no inauguró su conexión a Internet tecleando en el buscador “sexy brunette” ni twiteando su cuenta bancaria o la receta de una bomba química. Así que no vio, no creo que lo haga nunca, el menor rastro del diablo.

       ¿Por qué tenemos la costumbre de juzgar a las herramientas por lo que hacemos con ellas? Es como pensar que lo único que se puede hacer con una sierra mecánica es La Matanza de Texas. O como pedir la cabeza de Bob Gaskins y Dennis Austin por haber desarrollado a mediados de los ochenta un software llamado Presenter, poco después rebautizado como Power Point.

      Ya puestos, personalmente preferiría pedir la cabeza de todos los que escriben libros de autoayuda. Empezando por Dale Carnegie y terminando por un tipo llamado Matthias Poehm que, en el verano de 2011, lanzó su enésimo libro en la línea “conviértase en un ponente magistral” bajo el disfraz de un supuesto Partido Anti-PowerPoint y la promesa de que saldría elegido como cuarta fuerza de gobierno en las elecciones generales suizas.

      Poehm había hecho cálculos sobre cuántas horas se pierden en Europa asistiendo a insoportables presentaciones de diapositivas. Y luego había sumado cuánto dinero significaba esa pérdida para todas las empresas del continente: 110 billones de euros al año. Impresionante. Pero si aceptamos esto como argumento para ilegalizar el PowerPoint, creo que la fórmula que les llevó a esa cifra debería bastar para prohibir las Matemáticas.

      Es innegable que la mayoría de las presentaciones de diapositivas están mal hechas, no aportan un gramo de entusiasmo al equipo y, muchas veces, no solo minan la motivación sino también la paciencia de quienes las sufren. En definitiva, lo mismo que pasa con la mayoría de las presentaciones sin diapositivas.

      Ese es el principal problema, pero no del PowerPoint sino de su uso: los apoyos visuales son una herramienta para apoyar visualmente un discurso y no son, como ocurre en tantas ocasiones, un escondite para la falta de discurso. Probablemente porque nadie se ha preocupado, en ningún punto de la línea que va desde la Educación Infantil hasta la Santa Jubilación, de potenciar la capacidad de comunicación de las personas para exponer sus ideas, estructurar un discurso, intercambiar conocimiento de una forma civilizada o, en definitiva, intentar convencer a alguien de algo.

        El segundo problema es, en buena medida, consecuencia del primero: confundimos un archivo con un trabajo y ya el trabajo se ha convertido en hacer un archivo. El .ppt es ahora un fin en si mismo. Ya no se piden reflexiones, soluciones, ideas o análisis. Los jefes, y de forma más preocupante cada vez más profesores, piden powerpoints. ¿El resultado? Que un buen trabajo es un pepeté cuyo peso permite ser enviado por email, y un trabajo excelente es un pepeté cuyos megas han de ser transportados en pendrive.

       El tercer y último problema es la traslación equívoca de gratuidad. Para entendernos: el hecho de que te regalen un caballo no te convierte en jinete. Nuestro hecho es que el programa está a nuestra disposición, aparentemente gratis. Vas a trabajar a cualquier empresa de cualquier sector y, sea cual sea tu puesto, el PowerPoint está instalado en tu ordenador. Forma parte del paquete de Microsoft, compartiendo su existencia con otros programas aparentemente gratuitos como Word, Excel, Outlook y Access, sirva para lo que sirva este último. Y que un software sea gratis, o lo parezca, no significa que darle un buen uso también lo sea. No me refiero a una inversión de dinero (aunque en facts:brands estamos muy a favor), sino sobre todo de tiempo: el tiempo que lleva conocer en profundidad la aplicación y algunas otras que la complementan, pero también ese tiempo que no se está dedicando a preparar una buena presentación antes de ponerse a colorear el .ppt; o el que no se está dedicando a los demás, es decir a la gente que va a ver y escuchar esa presentación; y el que tampoco se está dedicando a analizar un poco qué funciona y qué no como apoyo visual de un discurso.

        PowerPoint, Keynote, Flash, o cualquier otro sistema que permita apoyar visualmente la explicación de asuntos útiles, incluyendo un rotulador negro pintando en un flip-chart o una tiza blanca escribiendo en la pizarra, son herramientas creadas para ayudar a avanzar a empresas y personas. Deberían usarse para eso y es una pena que su mal uso esté tan extendido. Pero esto también es una oportunidad para que una buena presentación sea aún más eficaz, aunque solo sea por la sorpresa. Y puede hacerse.

        La noticia del Partido Anti-PowerPoint nos llegó pocos días después de que Armando, Javier y yo decidiéramos empezar a tomarnos en serio lo que bautizamos como comunicación corporativa de hechos, y ya sabíamos que parte de esa comunicación necesita urgentemente otra forma mejor de entender las presentaciones con apoyos visuales.

        Así que nos pareció bien lo de Matthias Poehm, porque el ruido a menudo anuncia la oportunidad. En cualquier caso, tres meses después las elecciones suizas no dejaron ni rastro de su partido. Las ganó el ultraderechista SVP, también conocido como Partido Anti-Inmigración o Partido Anti-Minaretes. Cada cual le pinta al diablo las herramientas que mejor le vienen.