by SantiPina
Hasta hace días mis padres no tenían Internet en casa.
Tenían todo lo demás: televisión con cientos de canales, teléfono fijo,
móvil... Y lo tenían todo contratado con el mismo operador y al mismo precio
por el que podrían tener el adsl. Pero no lo activaban.
La razón era simple: mis padres estaban convencidos de que
Internet era, más o menos, una herramienta del diablo. Una puerta abierta para
que entraran en su hogar la pornografía, el terrorismo, sectas y otros muchos
males que, bien pensado, jamás habrían tenido el menor interés en cruzar esa
puerta.
Sin embargo, y gracias a la insistencia de mi hermana, el 5
de enero de 2012 llegó el primer mail que mi madre escribía en su vida: “hola
chicos”. Fue emocionante. Imaginé que habría sido como el primer baño en la
playa de alguien que sólo ha visto del mar documentales sobre tiburones.
Evidentemente, mi madre no inauguró su conexión a Internet tecleando en el
buscador “sexy brunette” ni twiteando su cuenta bancaria o la receta de una
bomba química. Así que no vio, no creo que lo haga nunca, el menor rastro del
diablo.
¿Por qué tenemos la costumbre de juzgar a las herramientas
por lo que hacemos con ellas? Es como pensar que lo único que se puede hacer
con una sierra mecánica es La Matanza de Texas. O como pedir la cabeza de Bob
Gaskins y Dennis Austin por haber desarrollado a mediados de los ochenta un
software llamado Presenter, poco después rebautizado como Power Point.
Ya puestos, personalmente preferiría pedir la cabeza de todos
los que escriben libros de autoayuda. Empezando por Dale Carnegie y terminando
por un tipo llamado Matthias Poehm que, en el verano de 2011, lanzó su enésimo
libro en la línea “conviértase en un ponente magistral” bajo el disfraz de un
supuesto Partido Anti-PowerPoint y la promesa de que saldría elegido como
cuarta fuerza de gobierno en las elecciones generales suizas.
Poehm había hecho cálculos sobre cuántas horas se pierden en
Europa asistiendo a insoportables presentaciones de diapositivas. Y luego había
sumado cuánto dinero significaba esa pérdida para todas las empresas del
continente: 110 billones de euros al año. Impresionante. Pero si aceptamos esto
como argumento para ilegalizar el PowerPoint, creo que la fórmula que les llevó a esa cifra debería bastar para prohibir las Matemáticas.
Es innegable que la mayoría de las presentaciones de
diapositivas están mal hechas, no aportan un gramo de entusiasmo al equipo y,
muchas veces, no solo minan la motivación sino también la paciencia de quienes
las sufren. En definitiva, lo mismo que pasa con la mayoría de las
presentaciones sin diapositivas.
Ese es el principal problema, pero no del PowerPoint sino de
su uso: los apoyos visuales son una herramienta para apoyar visualmente un
discurso y no son, como ocurre en tantas ocasiones, un escondite para la falta
de discurso. Probablemente porque nadie se ha preocupado, en ningún punto de la
línea que va desde la Educación Infantil hasta la Santa Jubilación, de
potenciar la capacidad de comunicación de las personas para exponer sus ideas, estructurar
un discurso, intercambiar conocimiento de una forma civilizada o, en
definitiva, intentar convencer a alguien de algo.
El segundo problema es, en buena medida, consecuencia del
primero: confundimos un archivo con un trabajo y ya el trabajo se ha convertido
en hacer un archivo. El .ppt es ahora un fin en si mismo. Ya no se piden
reflexiones, soluciones, ideas o análisis. Los jefes, y de forma más
preocupante cada vez más profesores, piden powerpoints. ¿El resultado? Que un buen trabajo es un pepeté cuyo peso permite ser enviado
por email, y un trabajo excelente es un pepeté cuyos megas han de ser
transportados en pendrive.
El tercer y último problema es la traslación equívoca de gratuidad. Para entendernos: el hecho de que te
regalen un caballo no te convierte en jinete. Nuestro hecho es que el programa
está a nuestra disposición, aparentemente gratis. Vas a trabajar a cualquier
empresa de cualquier sector y, sea cual sea tu puesto, el PowerPoint está
instalado en tu ordenador. Forma parte del paquete de Microsoft, compartiendo
su existencia con otros programas aparentemente gratuitos como Word, Excel,
Outlook y Access, sirva para lo que sirva este último. Y que un software sea
gratis, o lo parezca, no significa que darle un buen uso también lo sea. No me
refiero a una inversión de dinero (aunque en facts:brands estamos muy a favor),
sino sobre todo de tiempo: el tiempo que lleva conocer en profundidad la
aplicación y algunas otras que la complementan, pero también ese
tiempo que no se está dedicando a preparar una buena presentación antes de
ponerse a colorear el .ppt; o el que no se está dedicando a los demás, es
decir a la gente que va a ver y escuchar esa presentación; y el que tampoco se
está dedicando a analizar un poco qué funciona y qué no como apoyo visual de un
discurso.
PowerPoint, Keynote, Flash, o cualquier otro sistema que
permita apoyar visualmente la explicación de asuntos útiles, incluyendo un
rotulador negro pintando en un flip-chart o una tiza blanca escribiendo en la
pizarra, son herramientas creadas para ayudar a avanzar a empresas y personas.
Deberían usarse para eso y es una pena que su mal uso esté tan extendido. Pero
esto también es una oportunidad para que una buena presentación sea aún más
eficaz, aunque solo sea por la sorpresa. Y puede hacerse.
La noticia del Partido Anti-PowerPoint nos llegó pocos días
después de que Armando, Javier y yo decidiéramos empezar a tomarnos en serio lo
que bautizamos como comunicación corporativa de hechos, y ya sabíamos que parte
de esa comunicación necesita urgentemente otra forma mejor de entender las
presentaciones con apoyos visuales.
Así que nos pareció bien lo de Matthias Poehm, porque el ruido a menudo
anuncia la oportunidad. En cualquier caso, tres meses después las elecciones
suizas no dejaron ni rastro de su partido. Las ganó el ultraderechista SVP,
también conocido como Partido Anti-Inmigración o Partido Anti-Minaretes. Cada
cual le pinta al diablo las herramientas que mejor le vienen.
